… El año para los marineros de lancha en aquel puerto del Cantábrico se dividía en “costeras”: la del bonito, la del besugo, y la de la merluza. La pesca de la preciadísima sardina era de poco cuento y se hacía en traineras a no más de seis millas de la costa.

Nunca pasaba un año sin que el mar se tragara alguna lancha con toda su tripulación, que solía ser de diez a once hombres, incluido el “rapaz”. Ciertamente que el mar era la vida, pero también la muerte… .

José Menéndez: Memorias de El Corbatón.